EL MIQUILO
Un silbido fuerte y agudo cruza la floresta, y retumba en las orillas del caudaloso Paraná.
En los bosques paraguayos, en la frontera con Brasil, el MIQUILO lanza cada verano su silbo de oro.
-No parece pájaro. -dice un pescador, detenido en la faena por aquel sonido prolongado.
-Porque no lo es. -sentencia grave su compañero.
Se santiguan y siguen pescando, seguros de que el duende de los bosques y los ríos no se acercará a ellos.
El Miquilo siente especial predilección por las damas, y cuando están solas lavando en el río, o buscando palmito en el monte, se les acerca y les ofrece tentadoras frutas, especialmente escogidas para ellas, brillantes y olorosas.
Su apariencia inocente y juvenil hará que confíen en él. No verán nada malo en comer aquella deliciosa ciruela roja.
Un regalo inesperado!
En el mismo momento en que prueben la fruta, su voluntad será anulada. Olvidarán su pueblo y su familia, y de la mano del Miquilo, desaparecerán para siempre en lo profundo del bosque.
Mercedes Franco

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