25 ago 2022

EL CAPITAN

 


EL CAPITAN

 

   La luna inflada como un globo parece flotar sobre los tejados. En la habitación sin luz se extiende la azul claridad  del cielo. La joven embarazada  mece al hijo más pequeño en un chinchorrito de moriche*. En su cuna duerme el mayor, de apenas tres años. El padre de los niños duerme y ronca en la otra habitación.

     La mujer se mece suavemente en la hamaca, impulsándose con un pie, mientras canta una canción de cuna. La voz es apenas un murmullo. El niño se ha dormido.

    De pronto se oyen pasos en la habitación. Fuertes, firmes. Parecieran botas militares.

   La mujer se sienta en la hamaca sobresaltada, y estrecha al pequeño contra su pecho. Sus ojos recorren la habitación vacía. Después de unos segundos de angustia, escucha, muy cerca de ella, una voz varonil suave y profunda:

  -Carmen, ¿eres feliz sin mí?

   Sin responder, aterrada, Carmen se lleva a sus dos hijos y sale corriendo del cuarto. Cae acurrucada en la cama donde dormía el marido.

    -¿Qué pasa? ¿Una pesadilla?

    -¡No, un hombre! ¡está en la habitación!

     Sin oír más Eduardo saltó de la cama y buscó su viejo revólver 38.

      Al llegar al cuarto de los niños encendió la luz.

    Nada.

    Buscó en el armario, en el baño, debajo de las cunas.

     -Aquí no hay nadie, seguro fue una pesadilla. Las ventanas están enrejadas y la puerta de la casa con candado. Imposible que alguien haya entrado.

   De todas formas recorrieron la sala, el comedor y la espaciosa cocina.

    Nada.

   Era una casa vieja y la alquilaron por muy poco. Lo que más les gustaba era que la casa y el patio trasero, que era más o menos grande, estaban cercados con el alambre duro y fuerte conocido como " malla ciclón". Y a este recinto de alta alambrada se entraba por una puerta frontal que también tenía candado.

    Recordar eso terminó de tranquilizar a Carmen, que durmió el resto de la noche con sus hijos en la cama grande, mientras Eduardo reanudaba su sueño en una amplia hamaca, colgada en una esquina del cuarto matrimonial.

   Al día siguiente todos los miedos se disiparon.   Carmen recibió a la señora Narcisa, que venía a limpiar y a hacer el almuerzo.

    La mañana avanzaba por entre los grandes árboles frutales, el rico olor de la sopa se extendía por la casa y el patio. Si aquello no era felicidad, se le parecía mucho.

      Los niños jugaban y la madre regaba sus rosas. Se sentía segura, porque la cerca impedía que los pequeños pudieran salir a la acera y a la peligrosa calle. A mediados de los años cuarenta, El Tejero era un pueblo lleno de gente y carros circulando, gracias a la bonanza petrolera del momento.

      Los días eran siempre luminosos y alegres.

      Pero en las noches, en la habitación infantil, apenas Carmen se quedaba un rato con sus hijos, todo se repetía.  Volvían los pasos furtivos y la misma ansiosa pregunta:

     -¿Eres feliz sin mí?

      Y de nuevo las carreras, el marido con el arma.

      No todas las noches venía el visitante, pero cuando lo hacía, interrumpía abruptamente la tibia paz nocturna. 

      Durante el día Carmen se ensimismaba a veces, imaginando quien sería aquel desconocido. Seguramente sería apuesto. Porque si no, no tendría una voz tan bonita. Y debía ser alto y fuerte, por sus pisadas. ¿Sería blanco, como su marido, o moreno?

      Una noche al fin se identificó:

      -Carmen, soy el Capitán. ¿Eres feliz sin mí?

      Durante el almuerzo, Eduardo se quejaba:

     - Quisiera que no tuvieras esa pesadilla tan seguido. ¡Caramba! Uno amanece cansado.

    -No es pesadilla. ¡El capitán es real! ¡Muy real!

     -¡Está bien! ¿Entonces ese capitán será un enamorado tuyo?. - dijo Eduardo riéndose- Pero aquí no podrá entrar ni que se emplume.

     La señora Narcisa, que en ese momento recogía la mesa, se quedó mirando a su joven patrona con preocupación.

    Al rato quiso saber  sobre la extraña pesadilla que se repetía.

      Carmen le contó del extraño capitán.

       Sorpresivamente la señora Narcisa se santiguó.

    -¡Narcisa! ¿Es un muerto?

     - No sé, pero usted puede estar en peligro, y su familia también. Debo limpiar la casa.* Voy a hacer algo aquí, para que él no pueda volver a entrar. Solo necesito un fin de semana.

      Le dejaron las llaves a Narcisa y se fueron a Maturín desde la madrugada del sábado.

      Regresaron en la noche del domingo y la casa estaba como siempre. Nada fuera de lugar.

      -Espero que lo que sea que haya hecho Narcisa, funcione.- dijo Eduardo bostezando.

     Acostaron a los niños en sus cunas y Carmen decidió quedarse un rato con ellos. Se acercaba la medianoche y no se escuchaban pisadas ni nada. ¿El capitán se habría ido?

  Carmen se relajó en el chinchorro de moriche y cerró los ojos. Se estaba quedando dormida cuando oyó los silbidos. Finos, agudos, cortando la brisa fresca. Eduardo se despertó y vino a su lado. Ambos se asomaron por la ventana. No se veía nada.  Los silbidos venían desde la calle, y se acercaban cada vez más. Cuando estuvieron junto a la cerca de alambre, comenzó a oírse también un extraño y estridente sonido. Era como algo de metal,  un puñal o un sable frotando la alambrada.

    Eduardo abrió la puerta de la casa, y apuntó el revólver hacia la cerca. El desagradable sonido continuaba, pero no había persona alguna.

        -¿Viste algo?

        -Pues no hay nadie, por raro que parezca.

         No terminaba de cerrar la puerta cuando escucharon un grito ronco y desesperado:

       -¡Carmen! ¡Carmen!  ¿Cómo puedes ser feliz sin mí?

      Eduardo salió y disparó varias veces al espacio vacío. Carmen miraba y solo veía el aire desnudo. La noche desierta le hablaba en un idioma Inédito.

     Desde la calle del frente  un hombre alto y fuerte, de hermoso rostro, la miraba con sus ojos en llamas.

     

 

GLOSARIO

 

* Moriche.

Fibra vegetal para tejidos que se obtiene de la palma Moriche.

 

*Limpiar la casa.

Muchas personas saben "limpiar casas", que es ahuyentar malos espíritus, con plantas y raíces especiales.

30 jun 2022

LA CONDESA BRUJA

 LA CONDESA BRUJA


Con este raro sobrenombre se conoció en Caracas a la bella condesa de Antúnez. Su esposo en realidad nunca supo mucho  de ella, ni de dónde procedía, ni cuál era su verdadero nombre.

    Un día la vio recogiendo flores cerca de la Quebrada de Catuche y encandilado, según sus propias palabras, ante tanta blancura y tanta belleza, la llevó a su mansión y se casó con ella.

    La doncella decía haber perdido la memoria y no recordar su nombre, así que el conde la llamó Bella. Y fue en verdad muy feliz con aquella muchacha.

    La nueva condesa se acostumbró muy pronto al lujo, a las cenas de gala y a los teatros.

    Eran los comienzos del siglo dieciocho,  y Caracas poseía muchos bosques,  y un río cristalino donde las parejas iban a pasear y a bañarse en verano.    También había teatros, comercios y salones de baile. Los caraqueños trabajaban duro, pero tenían tiempo para recrearse y disfrutar

    Una vez  Bella fue a un baile y quedó fascinada. Música, luces, hermosas damas, alegres danzantes...todo un ambiente cautivador, que ella disfrutó al máximo. Y destacó por su belleza y el tono nacarado de su piel.

   Emocionada, le propuso al conde dar una fiesta en su mansión, pero el marido, un hombre ya maduro, se rehusaba elegantemente, con diversas excusas y pretextos. La condesita estaba contrariada. A menudo rechazaba con un gesto de enfado las hermosas joyas que le traía su esposo. Ansiaba bailar y divertirse!

   Por eso, a muchos no les resultaba difícil creer lo que decían las malas lenguas en Caracas.  Y la mía que no es muy buena, porque lo repite.

Que decían?

   Que cada sábado, pasada la medianoche, la joven condesa, acostada junto a su esposo, abría su boca y dejaba salir un enorme cigarrón negro, el cual escapaba por la ventana y se perdía en la noche caraqueña.

    Que en realidad Bella era una bruja. Y que eso que recogía cuando el conde la conoció no eran flores, sino hierbas mágicas.

    Que su alma volaba libremente por las noches, y antes del amanecer regresaba, se metía por la ventana, y luego entraba de nuevo por la boca abierta de su dueña.

    Y que al día siguiente la condesa bruja recordaba con deleite  todo lo que había visto y sentido durante la noche. Porque las criadas contaban que sonreía como para sí misma

    Tal vez sonreía recordando cómo había bailado hasta el cansancio la noche anterior. Como cada noche revoloteaba por ahí buscando algún lugar donde hubiese música.  Entonces, recobrando su aspecto humano, entraba en las fiestas usando un antifaz, para que no la reconocieran.

    Después de varias horas de intensa diversión, salía hacia su casa, pero ya en los jardines, antes de irse, se convertía de nuevo en cigarrón y entraba en los aposentos, dónde dicen que gozaba picando a los durmientes. Luego aprovechaba y se iba a las caballerizas, para asustar a los caballos, que se agitaban al ver ese enorme cigarrón zumbando por ahí. Si no....por qué se alborotaría un caballo en la madrugada?

    Parece ser que todo eso le funcionaba de maravilla, hasta que en una de esas fiestas, la condesa enmascarada conoció a Alonso de la Rosa.

   Estaba acostumbrada al asedio de los hombres, pero jamás había sucumbido ante sus encantos y galanteos, porque era experta en detectar la falsedad.

    Esta vez era diferente. Alonso era sincero. Estaba loco de amor por aquella enmascarada. Intuía una pasión de otro mundo en aquellos hermosos ojos, tan verdes como las montañas que rodeaban a Caracas. Bella bailó con él y escuchó encantada sus juramentos de amor. Al rato fueron al jardín, lleno de aromas de rosas y jazmines. Allí Bella se dejó convencer y después de un largo beso ... se quitó el antifaz!

     Lo que ninguno de los dos había notado, era que otra pareja se acariciaba entre los arbustos del jardín, y al verla gritaron al unísono:

    -Es la condesa!

    -Sí, la condesa Antúnez!

     Alonso se quedó mudo, dominado por la hipnótica mirada de aquellos ojos color de montaña.

     Por eso no vio nada, cuando gritaban que Bella estaba asumiendo la forma de un enorme cigarrón, para huir de allí a toda prisa.

 

     Cuentan que entró en su cuerpo dormido antes del alba. Y como siempre, su esposo nada sospechó.

     Pero al otro día la ciudad hervía a todo vapor con el chisme:

      -Sí, dicen que era ella.

      -La condesa sin el conde! Qué horror!

      -A quien se refieren?

      -A la condesa Antúnez! Estaba en el jardín de los Nadal, con el joven de la Rosa...

      -Baja la voz, y no sigas con eso, que tú no los viste.

      -Y lo más horrible es que después se convirtió en un cigarrón y escapó volando!

      -Que locuras dices?

      -No, no lo digo yo. Pero según eso, es una bruja.

      -Mariana! Cómo afirmas algo semejante?

      -Según...

      El domingo en misa todo el mundo la miraba. Pero Bella lucia muy serena, más hermosa y radiante que nunca, prendida del brazo de su flamante esposo.

      -Que descarada!

      -Quien?

      -La cigarrona.

      -Shhhh....

         Alonso se desesperaba buscando aquella mirada verde montaña. Pero Bella solo miraba al Santísimo Sacramento.

         Nunca más vieron a aquella enmascarada en las fiestas caraqueñas. Ni al conde Antúnez, hasta los criados se fueron y la mansión quedó sola.

       La versión oficial fue que los condes se marcharon a España, porque sus negocios los reclamaban en Madrid.

       En cambio, las malas lenguas contaban que, en una de sus correrías nocturnas para encontrarse con su enamorado, a la condesa bruja se le hizo tarde, y fue sorprendida por la luz del sol, por lo cual se quedó convertida en cigarrón para siempre. Y aún recorre las noches caraqueñas, buscando el dulce sonido de la música.

 

Mercedes Franco

 


LA LLORONA

 LA  LLORONA

Desde México a la Patagonia, en todos nuestros pueblos latinoamericanos, se oye hablar de La Llorona. En México muchos investigadores han vinculado esta leyenda con la diosa Chihuacoatl, que envuelta en blancos ropajes vaga aún por los pueblitos, llorando por sus hijos, los guerreros aztecas muertos.

En otros países es simplemente un grito que recorre la oscuridad de las callejas, a altas horas de la noche.

Dicen que es una mujer que mató a sus hijos y ahora llora por ellos, enloquecida, sin que su alma encuentre la paz, a través de los siglos.

En Venezuela, la leyenda adquiere visos de certidumbre.

En nuestros pueblos orientales, la Llorona era una bella joven que vivía en una gran hacienda.

La muchacha desapareció un día sin dejar rastros.

Su padre y sus hermanos la buscaron durante años, sin hallarla.

Al fin un día, recibieron noticias de una mujer blanca que vivía en un poblado indio.

Hacía allá se dirigieron, con un piquete de soldados.

Encontraron a la joven muy feliz junto a su esposo, el cacique, y sus tres niños.

El padre y los hermanos ordenaron asesinar a todo el pueblo, incluidos los tres niños mestizos. 

-Mis hijos!

-Son una abominación, son mitad animal, deben morir.

Aquella mujer fue arrancada del lugar mientras gritaba y lloraba por sus hijos.

Así siguió, llorando y preguntando por ellos, recluida en la hacienda paterna. 

Paseaba por los jardines llorando tristemente, y un día la encontraron muerta, muerta de tristeza, de dolor.

Pero aún después de muerta no dejó de llorar y aún clama y grita en las oscuras callejas, a altas horas de la noche.

Mercedes Franco

 

 

 


Homenaje de los docentes tovareños a escritores venezolanos. Mercedes Franco

  FILVEN Mérida. Homenaje de los docentes tovareños a escritores  venezolanos. Mercedes Franco