EL CAPITAN
La luna inflada como un globo parece flotar
sobre los tejados. En la habitación sin luz se extiende la azul claridad del cielo. La joven embarazada mece al hijo más pequeño en un chinchorrito
de moriche*. En su cuna duerme el mayor, de apenas tres años. El padre de los
niños duerme y ronca en la otra habitación.
La mujer se mece suavemente en la hamaca, impulsándose
con un pie, mientras canta una canción de cuna. La voz es apenas un murmullo.
El niño se ha dormido.
De pronto se oyen pasos en la habitación.
Fuertes, firmes. Parecieran botas militares.
La mujer se sienta en la hamaca
sobresaltada, y estrecha al pequeño contra su pecho. Sus ojos recorren la
habitación vacía. Después de unos segundos de angustia, escucha, muy cerca de
ella, una voz varonil suave y profunda:
-Carmen, ¿eres feliz sin mí?
Sin responder, aterrada, Carmen se lleva a
sus dos hijos y sale corriendo del cuarto. Cae acurrucada en la cama donde
dormía el marido.
-¿Qué pasa? ¿Una pesadilla?
-¡No, un hombre! ¡está en la habitación!
Sin oír más Eduardo saltó de la cama y
buscó su viejo revólver 38.
Al llegar al cuarto de los niños encendió
la luz.
Nada.
Buscó en el armario, en el baño, debajo de
las cunas.
-Aquí no hay nadie, seguro fue una
pesadilla. Las ventanas están enrejadas y la puerta de la casa con candado.
Imposible que alguien haya entrado.
De todas formas recorrieron la sala, el
comedor y la espaciosa cocina.
Nada.
Era una casa vieja y la alquilaron por muy
poco. Lo que más les gustaba era que la casa y el patio trasero, que era más o
menos grande, estaban cercados con el alambre duro y fuerte conocido como
" malla ciclón". Y a este recinto de alta alambrada se entraba por
una puerta frontal que también tenía candado.
Recordar eso terminó de tranquilizar a
Carmen, que durmió el resto de la noche con sus hijos en la cama grande,
mientras Eduardo reanudaba su sueño en una amplia hamaca, colgada en una
esquina del cuarto matrimonial.
Al día siguiente todos los miedos se
disiparon. Carmen recibió a la señora
Narcisa, que venía a limpiar y a hacer el almuerzo.
La mañana avanzaba por entre los grandes
árboles frutales, el rico olor de la sopa se extendía por la casa y el patio.
Si aquello no era felicidad, se le parecía mucho.
Los niños jugaban y la madre regaba sus
rosas. Se sentía segura, porque la cerca impedía que los pequeños pudieran
salir a la acera y a la peligrosa calle. A mediados de los años cuarenta, El
Tejero era un pueblo lleno de gente y carros circulando, gracias a la bonanza
petrolera del momento.
Los días eran siempre luminosos y
alegres.
Pero en las noches, en la habitación
infantil, apenas Carmen se quedaba un rato con sus hijos, todo se repetía. Volvían los pasos furtivos y la misma ansiosa
pregunta:
-¿Eres feliz sin mí?
Y de nuevo las carreras, el marido con el
arma.
No todas las noches venía el visitante,
pero cuando lo hacía, interrumpía abruptamente la tibia paz nocturna.
Durante el día Carmen se ensimismaba a
veces, imaginando quien sería aquel desconocido. Seguramente sería apuesto.
Porque si no, no tendría una voz tan bonita. Y debía ser alto y fuerte, por sus
pisadas. ¿Sería blanco, como su marido, o moreno?
Una noche al fin se identificó:
-Carmen, soy el Capitán. ¿Eres feliz sin
mí?
Durante el almuerzo, Eduardo se quejaba:
- Quisiera que no tuvieras esa pesadilla
tan seguido. ¡Caramba! Uno amanece cansado.
-No es pesadilla. ¡El capitán es real! ¡Muy
real!
-¡Está bien! ¿Entonces ese capitán será un
enamorado tuyo?. - dijo Eduardo riéndose- Pero aquí no podrá entrar ni que se
emplume.
La señora Narcisa, que en ese momento
recogía la mesa, se quedó mirando a su joven patrona con preocupación.
Al rato quiso saber sobre la extraña pesadilla que se repetía.
Carmen le contó del extraño capitán.
Sorpresivamente la señora Narcisa se
santiguó.
-¡Narcisa! ¿Es un muerto?
- No sé, pero usted puede estar en
peligro, y su familia también. Debo limpiar la casa.* Voy a hacer algo aquí,
para que él no pueda volver a entrar. Solo necesito un fin de semana.
Le dejaron las llaves a Narcisa y se
fueron a Maturín desde la madrugada del sábado.
Regresaron en la noche del domingo y la
casa estaba como siempre. Nada fuera de lugar.
-Espero que lo que sea que haya hecho
Narcisa, funcione.- dijo Eduardo bostezando.
Acostaron a los niños en sus cunas y
Carmen decidió quedarse un rato con ellos. Se acercaba la medianoche y no se
escuchaban pisadas ni nada. ¿El capitán se habría ido?
Carmen se relajó en el chinchorro de moriche
y cerró los ojos. Se estaba quedando dormida cuando oyó los silbidos. Finos,
agudos, cortando la brisa fresca. Eduardo se despertó y vino a su lado. Ambos
se asomaron por la ventana. No se veía nada.
Los silbidos venían desde la calle, y se acercaban cada vez más. Cuando
estuvieron junto a la cerca de alambre, comenzó a oírse también un extraño y
estridente sonido. Era como algo de metal,
un puñal o un sable frotando la alambrada.
Eduardo abrió la puerta de la casa, y
apuntó el revólver hacia la cerca. El desagradable sonido continuaba, pero no
había persona alguna.
-¿Viste algo?
-Pues no hay nadie, por raro que
parezca.
No terminaba de cerrar la puerta
cuando escucharon un grito ronco y desesperado:
-¡Carmen! ¡Carmen! ¿Cómo puedes ser feliz sin mí?
Eduardo salió y disparó varias veces al
espacio vacío. Carmen miraba y solo veía el aire desnudo. La noche desierta le
hablaba en un idioma Inédito.
Desde la calle del frente un hombre alto y fuerte, de hermoso rostro,
la miraba con sus ojos en llamas.
GLOSARIO
* Moriche.
Fibra vegetal para tejidos
que se obtiene de la palma Moriche.
*Limpiar la casa.
Muchas personas saben
"limpiar casas", que es ahuyentar malos espíritus, con plantas y
raíces especiales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario