23 jun 2023

EL HACHADOR

 EL HACHADOR.


    Chas, chas.. resuena el golpe del hacha en la espesura .. chas, chas ..fuerte y claro... no tienes nada que temer, el "Hachador" está lejos, puedes aprovechar para escapar, debes salir de la montaña lo más rápido que puedas...

 

    Pero si oyes el chasquido del hacha a lo lejos, débilmente...estás en peligro. Se acerca el espectro más terrorífico de los que pueblan las montañas de Falcón.

 

    Nadie podría imaginar que este espectro infernal no es más que el alma en pena de Andresito Castillo, un pobre leñador de la zona.

 

    A finales del siglo diecinueve, Andresito tenía una pequeña finca, por los lados de Caburé. Le decían Andresito por cariño, dada su pequeña estatura. Muy alegre y buena copa, tenía muchos amigos por los alrededores.

 

    Andresito era joven y a pesar de su poca estatura, se había hecho fuerte, curtido por el duro oficio de labrar la tierra.

 

    No solo vivía de las legumbres y hortalizas que cosechaba en su finquita, también vendía la madera de los árboles que cortaba con su hacha, en lo alto de la Sierra de Curimagua.

 

  Una vez a la semana subía con su caballo y sus cuerdas. Con su hacha poderosa cortaba uno, dos, tres, hasta seis árboles en un día. Al atardecer los amarraba y se los traía a remolque, confiado en la fuerza de su caballo Canelo.

 

  Su mujer, Gabriela, celebraba con grandes saltos de alegría su llegada. Aquellos troncos pronto se convertirían en útiles trozos de madera, que significaban un buen dinero para la familia.

 

     Sin embargo, la pareja despertaba algunas críticas en las beatas del pueblo. Vivían juntos sin la bendición del cura, lo cual les importaba bien poco, porque a decir verdad no creían en Dios ni en el diablo. Tampoco asistían a misa, y todo eso era muy mal visto en un pueblo de fines de siglo.

 

    Por eso cuando se encontraban con el cura en la plaza o en el mercado, recibían la consabida reprimenda.

 

    -Es que siempre estoy trabajando, Padre. - se disculpaba el muchacho.

 

    Se acercaba la Semana Santa y el Padre Hugo les pidió a Andresito y a Gabriela que asistieran a la iglesia a orar, aunque fuera el Domingo de Ramos.

 

     Así lo hicieron, y Gabriela se trajo su palma bendita, con la que elaboró varias cruces, para poner detrás de la puerta de entrada y en la habitación.

 

    -Quita eso, es cosa de viejas! No, chica, te pareces a mi abuela!

 

    -Pero Andresito, es por protección.

 

    -Y es que no te sientes protegida por mí? Yo seré chiquito, pero soy guapo y apoyado.

 

    -Ya sé....pero una protección extra no viene mal.

 

     Llegó el viernes santo. Día de la muerte de Cristo.

 

El pueblo estaba callado y solo  suaves oraciones llenaban el aire, mientras la imagen del Nazareno recorría las calles en procesión.

 

     En la finquita, Andrés con su amigo Atilio, entre tragos de cocuy*, disfrutaban de un cuajado de morrocoy*, hecho por la sin par Gabriela.

 

     -Este bicho no tenía casi carne, mujer. -se quejaba Andresito.

 

     -Verdad compadre, hubiera sido mejor hacerlo de cochino.

 

     -Que brutos son ustedes! En viernes Santo no se come carne! Mucho menos de cochino!

 

     -No sé, pero de cochino de monte*, tal vez sí. Compadre, allá arriba hay báquiros. Mañana sábado, vamos a ir a ver si traemos uno.

 

      -Mañana no, ahorita mismo.

 

      -Pero que dices? En Semana Santa no se caza, marido mío!

 

      Andrés tomó su escopeta y su sombrero y montó en su caballo.

 

     -Compadre! Que hace? Espere a mañana, mire que lo va a agarrar la noche por ahí!

 

    -Andresito, por favor!

 

      Gabriela corrió tras el, pero ya el caballo tomaba el camino de la sierra, espoleado por su jinete.

 

      Atilio se quedó durmiendo la borrachera en el sofá, mientras Gabriela pasaba las cuentas de su rosario.

 

     En lo intrincado de la serranía, Andresito vio pasar un enorme báquiro negro. Le disparó y el animal siguió corriendo, como si nada. El joven volvió a disparar, una y otra vez mientras perseguía al veloz báquiro. Y siguió persiguiéndolo.

 

     Abajo, en el pueblo, llegó la tarde y la noche y después la mañana.

 

      Y Andresito no volvió.

 

       Una partida de hombres buscó por toda la montaña.

 

       -Debe haberlo picado una culebra.

 

       -Quien sabe! Pero si mi compadre cayó en un aitón*, va a ser difícil encontrarlo.-dijo Atilio.

 

      A los tres días en la madrugada Gabriela sintió los golpes del hacha.

 

      -Es Andresito! -grito alegre

 

      Una lechuza blanca pasó en un vuelo flotante, frente a sus ojos.

 

      Con los pelos de punta, Gabriela rezó el Credo y se aferró a su cruz de palma bendita.

 

       Al otro día llamó a Atilio.

 

     -Compadre! Yo me voy a Cumarebo con mi mamá. Le pido que cuide la finca, hasta que Andresito vuelva.

 

      Andresito nunca volvió. Y a los pocos meses comenzó la gente a hablar del Hachador, el fantasma furioso de un leñador, que no puede escapar del monte.

 

 

 

    

 

      GLOSARIO

 

Cocuy: Licor que se obtiene de la hoja del agave.

 

Cuajado de morrocoy: Pastel preparado con carne de tortuga de tierra.

 

Aitón: Agujeros naturales de la Sierra de Falcón

 

Mercedes Franco

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