EL HACHADOR.
Chas, chas..
resuena el golpe del hacha en la espesura .. chas, chas ..fuerte y claro... no
tienes nada que temer, el "Hachador" está lejos, puedes aprovechar
para escapar, debes salir de la montaña lo más rápido que puedas...
Pero si oyes el
chasquido del hacha a lo lejos, débilmente...estás en peligro. Se acerca el
espectro más terrorífico de los que pueblan las montañas de Falcón.
Nadie podría
imaginar que este espectro infernal no es más que el alma en pena de Andresito
Castillo, un pobre leñador de la zona.
A finales del
siglo diecinueve, Andresito tenía una pequeña finca, por los lados de Caburé.
Le decían Andresito por cariño, dada su pequeña estatura. Muy alegre y buena
copa, tenía muchos amigos por los alrededores.
Andresito era
joven y a pesar de su poca estatura, se había hecho fuerte, curtido por el duro
oficio de labrar la tierra.
No solo vivía
de las legumbres y hortalizas que cosechaba en su finquita, también vendía la
madera de los árboles que cortaba con su hacha, en lo alto de la Sierra de
Curimagua.
Una vez a la
semana subía con su caballo y sus cuerdas. Con su hacha poderosa cortaba uno,
dos, tres, hasta seis árboles en un día. Al atardecer los amarraba y se los
traía a remolque, confiado en la fuerza de su caballo Canelo.
Su mujer,
Gabriela, celebraba con grandes saltos de alegría su llegada. Aquellos troncos
pronto se convertirían en útiles trozos de madera, que significaban un buen
dinero para la familia.
Sin embargo,
la pareja despertaba algunas críticas en las beatas del pueblo. Vivían juntos
sin la bendición del cura, lo cual les importaba bien poco, porque a decir
verdad no creían en Dios ni en el diablo. Tampoco asistían a misa, y todo eso
era muy mal visto en un pueblo de fines de siglo.
Por eso cuando
se encontraban con el cura en la plaza o en el mercado, recibían la consabida
reprimenda.
-Es que siempre
estoy trabajando, Padre. - se disculpaba el muchacho.
Se acercaba la
Semana Santa y el Padre Hugo les pidió a Andresito y a Gabriela que asistieran
a la iglesia a orar, aunque fuera el Domingo de Ramos.
Así lo
hicieron, y Gabriela se trajo su palma bendita, con la que elaboró varias
cruces, para poner detrás de la puerta de entrada y en la habitación.
-Quita eso, es
cosa de viejas! No, chica, te pareces a mi abuela!
-Pero
Andresito, es por protección.
-Y es que no te
sientes protegida por mí? Yo seré chiquito, pero soy guapo y apoyado.
-Ya sé....pero
una protección extra no viene mal.
Llegó el
viernes santo. Día de la muerte de Cristo.
El pueblo estaba callado y solo suaves oraciones llenaban el aire, mientras
la imagen del Nazareno recorría las calles en procesión.
En la
finquita, Andrés con su amigo Atilio, entre tragos de cocuy*, disfrutaban de un
cuajado de morrocoy*, hecho por la sin par Gabriela.
-Este bicho no
tenía casi carne, mujer. -se quejaba Andresito.
-Verdad
compadre, hubiera sido mejor hacerlo de cochino.
-Que brutos
son ustedes! En viernes Santo no se come carne! Mucho menos de cochino!
-No sé, pero
de cochino de monte*, tal vez sí. Compadre, allá arriba hay báquiros. Mañana
sábado, vamos a ir a ver si traemos uno.
-Mañana no,
ahorita mismo.
-Pero que
dices? En Semana Santa no se caza, marido mío!
Andrés tomó
su escopeta y su sombrero y montó en su caballo.
-Compadre! Que
hace? Espere a mañana, mire que lo va a agarrar la noche por ahí!
-Andresito, por
favor!
Gabriela corrió tras el, pero ya el caballo
tomaba el camino de la sierra, espoleado por su jinete.
Atilio se
quedó durmiendo la borrachera en el sofá, mientras Gabriela pasaba las cuentas
de su rosario.
En lo
intrincado de la serranía, Andresito vio pasar un enorme báquiro negro. Le
disparó y el animal siguió corriendo, como si nada. El joven volvió a disparar,
una y otra vez mientras perseguía al veloz báquiro. Y siguió persiguiéndolo.
Abajo, en el
pueblo, llegó la tarde y la noche y después la mañana.
Y Andresito
no volvió.
Una partida
de hombres buscó por toda la montaña.
-Debe
haberlo picado una culebra.
-Quien sabe!
Pero si mi compadre cayó en un aitón*, va a ser difícil encontrarlo.-dijo
Atilio.
A los tres
días en la madrugada Gabriela sintió los golpes del hacha.
-Es
Andresito! -grito alegre
Una lechuza
blanca pasó en un vuelo flotante, frente a sus ojos.
Con los pelos
de punta, Gabriela rezó el Credo y se aferró a su cruz de palma bendita.
Al otro día
llamó a Atilio.
-Compadre! Yo
me voy a Cumarebo con mi mamá. Le pido que cuide la finca, hasta que Andresito
vuelva.
Andresito
nunca volvió. Y a los pocos meses comenzó la gente a hablar del Hachador, el
fantasma furioso de un leñador, que no puede escapar del monte.
GLOSARIO
Cocuy: Licor que se obtiene de la hoja del agave.
Cuajado de morrocoy: Pastel preparado con carne de
tortuga de tierra.
Aitón: Agujeros naturales de la Sierra de Falcón
Mercedes Franco

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