EL VENADO DE PIEDRA
En
las montañas de Lara y Yaracuy, muchos cazadores temen encontrarse con el
Venado de Piedra. Según la leyenda, este fantástico animal merodea por los
bosques, para sorprender a aquellos que cazan a las pobres venadas, que podrían
estar en gestación, o a los cervatillos,
que apenas comienzan su vida.
Cuentan
que este gran venado de enorme cornamenta paraliza al cazador que lo
enfrenta y lo aterroriza, causándole a veces hasta la locura.
Carlos Luis y César habían oído muchas veces
tales relatos, pero también sabían del delicioso sabor de la carne de venado.
Eran
las vacaciones, y las flamantes escopetas, regalo del abuelo, presagiaban buena
caza.
Salieron a media tarde, esperando que la
noche los sorprendiera monte adentro. Los venados salen al anochecer.
Llevaban
linternas y algunos sándwiches, por si acaso no encontraban nada más suculento
en aquella intrincada espesura. Iban caminando montaña arriba y se detenían de
cuando en cuando para escuchar cualquier ruido que anunciara el paso cauteloso
de algún ciervo. Pero nada!
El ocaso los sorprendió en un claro del
bosque, junto a un íntimo manantial, en
el cual se refrescaron y mitigaron la sed.
La noche fue envolviendo poco a poco todas
las cosas.
-No se te ocurra prender fuego, espantarás a los animales!-susurró
Cesar.
Entonces Carlos Luis encendió una débil
lamparita china de baterías.
Después de consumir las provisiones que les
quedaban, decidieron turnarse para montar guardia. César dormiría hasta el
inicio de la madrugada, después Carlos Luis.
El silencio era inmenso y perfecto. El
joven podía escuchar el paso sigiloso de las horas. Y la respiración tranquila
de su compañero de caza.
Se acercaba la madrugada. Logró distinguir
entre la brisa el canto tímido de la lechuza montañera. Y más allá, entre la
espesa fronda, vio dos luces verdes que
lo observaban.
-Deben ser los ojos de la lechuza.
-murmuró.
Pero el ave revoloteó mucho más lejos,
blanca como un fantasma en la oscuridad. Entonces aquellas luces verdes no eran
sus ojos?
Poco a poco las luces se acercaban.
-Un venado!
Lo oyó resoplar y atisbó entre la floresta
su cuerpo dorado.
- Levántate, es un venado!
Corrieron los dos tras él. Era grande,
la blanca arboladura de sus cuernos iluminaba la noche. Disparó Cesar, después
Carlos Luis. Pero el animal los eludía, corriendo entre los árboles.
Así estuvieron corriendo y trepando cerro
arriba, durante un tiempo que les pareció eterno. Se detuvieron al fin en un
claro de monte para recobrar el aliento.
Entonces lo vieron. Surgió de pronto de lo profundo del bosque y
se aproximó, olfateando el aire. La montaña entera enmudeció
Carlos Luis lo miraba inmóvil, como en
trance. Y el venado clavaba en el sus ojos profundos. Estaba como a veinte
metros.
Era majestuoso. Los fuertes músculos de
su cuello y tórax resaltaban. Su cornamenta, de la cual pendían algunas ramas,
indicaba una avanzada edad.
César apuntó y ya lo tenía en la mira.
Se oyó la detonación, la bala caliente
perforó el aire... y se estrelló en una piedra alta, como de dos metros.
Pero ni rastros del venado.
-Caramba, pero como pudo escapar? Lo
tenía a tiro!
César se acercó y examinó la piedra, que
mostraba apenas la señal del impacto.
- Ven acá. Mira bien desde aquí.-le
pidió Carlos Luis, que no se había movido.
Vista desde allí, a cierta distancia,
la piedra semejaba un gran venado, con todo y cuernos.
- Quieres decir que le disparé a
esta piedra confundiéndola con un venado? No, no, imposible. Era un venado. Tú
también lo viste!
-Era un venado. Un venado que se transformó
en piedra!
Se miraron los dos fijamente, con un
solo pensamiento. Pero ninguno de los dos dijo
nada.
Mientras bajaban, comenzaron a cantar
los pájaros.
Mercedes Franco
En
las montañas de Lara y Yaracuy, muchos cazadores temen encontrarse con el
Venado de Piedra. Según la leyenda, este fantástico animal merodea por los
bosques, para sorprender a aquellos que cazan a las pobres venadas, que podrían
estar en gestación, o a los cervatillos,
que apenas comienzan su vida.
Cuentan
que este gran venado de enorme cornamenta paraliza al cazador que lo
enfrenta y lo aterroriza, causándole a veces hasta la locura.
Carlos Luis y César habían oído muchas veces
tales relatos, pero también sabían del delicioso sabor de la carne de venado.
Eran
las vacaciones, y las flamantes escopetas, regalo del abuelo, presagiaban buena
caza.
Salieron a media tarde, esperando que la
noche los sorprendiera monte adentro. Los venados salen al anochecer.
Llevaban
linternas y algunos sándwiches, por si acaso no encontraban nada más suculento
en aquella intrincada espesura. Iban caminando montaña arriba y se detenían de
cuando en cuando para escuchar cualquier ruido que anunciara el paso cauteloso
de algún ciervo. Pero nada!
El ocaso los sorprendió en un claro del
bosque, junto a un íntimo manantial, en
el cual se refrescaron y mitigaron la sed.
La noche fue envolviendo poco a poco todas
las cosas.
-No se te ocurra prender fuego, espantarás a los animales!-susurró
Cesar.
Entonces Carlos Luis encendió una débil
lamparita china de baterías.
Después de consumir las provisiones que les
quedaban, decidieron turnarse para montar guardia. César dormiría hasta el
inicio de la madrugada, después Carlos Luis.
El silencio era inmenso y perfecto. El
joven podía escuchar el paso sigiloso de las horas. Y la respiración tranquila
de su compañero de caza.
Se acercaba la madrugada. Logró distinguir
entre la brisa el canto tímido de la lechuza montañera. Y más allá, entre la
espesa fronda, vio dos luces verdes que
lo observaban.
-Deben ser los ojos de la lechuza.
-murmuró.
Pero el ave revoloteó mucho más lejos,
blanca como un fantasma en la oscuridad. Entonces aquellas luces verdes no eran
sus ojos?
Poco a poco las luces se acercaban.
-Un venado!
Lo oyó resoplar y atisbó entre la floresta
su cuerpo dorado.
- Levántate, es un venado!
Corrieron los dos tras él. Era grande,
la blanca arboladura de sus cuernos iluminaba la noche. Disparó Cesar, después
Carlos Luis. Pero el animal los eludía, corriendo entre los árboles.
Así estuvieron corriendo y trepando cerro
arriba, durante un tiempo que les pareció eterno. Se detuvieron al fin en un
claro de monte para recobrar el aliento.
Entonces lo vieron. Surgió de pronto de lo profundo del bosque y
se aproximó, olfateando el aire. La montaña entera enmudeció
Carlos Luis lo miraba inmóvil, como en
trance. Y el venado clavaba en el sus ojos profundos. Estaba como a veinte
metros.
Era majestuoso. Los fuertes músculos de
su cuello y tórax resaltaban. Su cornamenta, de la cual pendían algunas ramas,
indicaba una avanzada edad.
César apuntó y ya lo tenía en la mira.
Se oyó la detonación, la bala caliente
perforó el aire... y se estrelló en una piedra alta, como de dos metros.
Pero ni rastros del venado.
-Caramba, pero como pudo escapar? Lo
tenía a tiro!
César se acercó y examinó la piedra, que
mostraba apenas la señal del impacto.
- Ven acá. Mira bien desde aquí.-le
pidió Carlos Luis, que no se había movido.
Vista desde allí, a cierta distancia,
la piedra semejaba un gran venado, con todo y cuernos.
- Quieres decir que le disparé a
esta piedra confundiéndola con un venado? No, no, imposible. Era un venado. Tú
también lo viste!
-Era un venado. Un venado que se transformó
en piedra!
Se miraron los dos fijamente, con un
solo pensamiento. Pero ninguno de los dos dijo
nada.
Mientras bajaban, comenzaron a cantar
los pájaros.
Mercedes Franco





