20 oct 2021

EN VENEZUELA EXISTE UN JINETE SIN CABEZA

 


A lomos de la angustia, recorre en un galope eterno las calles de San Carlos. Da tres vueltas al trote por la plaza y luego se pierde en un resonar de cascos, rumbo a la sabana abierta.

Los vecinos al oír el galope de aquel potro, en las noches de luna, se santiguan, cierran las ventanas y encienden una vela por su alma.

Pero...quien es este espíritu doliente que cabalga las noches de Cojedes?

La historia comienza en los terribles días de nuestra lucha emancipadora.

Corría el 1914 y Boves se había hecho fuerte en Venezuela, su ejército vigilaba cada rincón de los llanos.

Cuentan que en San Carlos vivía un apuesto capitán patriota, famoso por su carácter jovial, amigo de lances y romances, de fiestas y serenatas.

Dicen que regresaba de visitar furtivamente a una enamorada. Cruzaba la placita empedrada, cuando a la luz de los viejos faroles fue sorprendido por un piquete de soldados realistas.

El capitán espoleó a su caballo y emprendió la huida, pero uno de los feroces soldados de Boves logró alcanzarlo y lo decapitó de un tajo.

El caballo aterrado,  con el cuerpo aferrado a las riendas, siguió galopando hacia la llanura.

Como un trofeo sangriento exhibieron los realistas la hermosa cabeza, pero el cuerpo jamás fue recobrado, ni encontrado aquel potro fugitivo.

El jinete sin cabeza continúa galopando desde entonces.

En su caballo de niebla y luna cruza las noches de San Carlos y se pierde en la llanura interminable.

Mercedes Franco

28 sept 2021

EL VENADO DE PIEDRA


EL VENADO DE PIEDRA

En las montañas de Lara y Yaracuy, muchos cazadores temen encontrarse con el Venado de Piedra. Según la leyenda, este fantástico animal merodea por los bosques, para sorprender a aquellos que cazan a las pobres venadas, que podrían estar en gestación, o  a los cervatillos, que apenas comienzan su vida.

  Cuentan  que este gran venado de enorme cornamenta paraliza al cazador que lo enfrenta y lo aterroriza, causándole a veces hasta la locura.

   Carlos Luis y César habían oído muchas veces tales relatos, pero también sabían del delicioso sabor de la carne de venado.

Eran las vacaciones, y las flamantes escopetas, regalo del abuelo, presagiaban buena caza.

   Salieron a media tarde, esperando que la noche los sorprendiera monte adentro. Los venados salen al anochecer.

Llevaban linternas y algunos sándwiches, por si acaso no encontraban nada más suculento en aquella intrincada espesura. Iban caminando montaña arriba y se detenían de cuando en cuando para escuchar cualquier ruido que anunciara el paso cauteloso de algún ciervo. Pero nada!

     El ocaso los sorprendió en un claro del bosque, junto a un íntimo manantial,  en el cual se refrescaron y mitigaron la sed.

    La noche fue envolviendo poco a poco todas las cosas.

   -No se te ocurra prender  fuego, espantarás a los animales!-susurró Cesar.

   Entonces Carlos Luis encendió una débil lamparita china de baterías.

    Después de consumir las provisiones que les quedaban, decidieron turnarse para montar guardia. César dormiría hasta el inicio de la madrugada, después Carlos Luis.

    El silencio era inmenso y perfecto. El joven podía escuchar el paso sigiloso de las horas. Y la respiración tranquila de su compañero de caza.

     Se acercaba la madrugada. Logró distinguir entre la brisa el canto tímido de la lechuza montañera. Y más allá, entre la espesa fronda,  vio dos luces verdes que lo observaban.

    -Deben ser los ojos de la lechuza. -murmuró.

    Pero el ave revoloteó mucho más lejos, blanca como un fantasma en la oscuridad. Entonces aquellas luces verdes no eran sus ojos?

    Poco a poco las luces se acercaban.

     -Un venado!

     Lo oyó resoplar y atisbó entre la floresta su cuerpo dorado.

     - Levántate, es un venado!

       Corrieron los dos tras él. Era grande, la blanca arboladura de sus cuernos iluminaba la noche. Disparó Cesar, después Carlos Luis. Pero el animal los eludía, corriendo entre los árboles.

    Así estuvieron corriendo y trepando cerro arriba, durante un tiempo que les pareció eterno. Se detuvieron al fin en un claro de monte para recobrar el aliento.

     Entonces lo vieron.  Surgió de pronto de lo profundo del bosque y se aproximó, olfateando el aire. La montaña entera enmudeció

      Carlos Luis lo miraba inmóvil, como en trance. Y el venado clavaba en el sus ojos profundos. Estaba como a veinte metros.

      Era majestuoso. Los fuertes músculos de su cuello y tórax resaltaban. Su cornamenta, de la cual pendían algunas ramas, indicaba una avanzada edad.

        César apuntó y ya lo tenía en la mira.

        Se oyó la detonación, la bala caliente perforó el aire... y se estrelló en una piedra alta, como de dos metros.

         Pero ni rastros del venado.

         -Caramba, pero como pudo escapar? Lo tenía a tiro!

         César se acercó y examinó la piedra, que mostraba apenas la señal del impacto.

         - Ven acá. Mira bien desde aquí.-le pidió Carlos Luis, que no se había movido.

          Vista desde allí, a cierta distancia, la piedra semejaba un gran venado, con todo y cuernos.

           - Quieres decir que le disparé a esta piedra confundiéndola con un venado? No, no, imposible. Era un venado. Tú también lo viste!

   -Era un venado. Un venado que se transformó en piedra!

         Se miraron los dos fijamente, con un solo pensamiento. Pero ninguno de los dos dijo  nada.

       Mientras bajaban, comenzaron a cantar los pájaros.

Mercedes Franco


TINIEBLAS

 LA CUMACANGA


La Cumacanga, o " cabeza voladora" es una leyenda popular brasilera. Se estima que, como muchos de estos extraños seres de la noche, el mito surgió durante los siglos XVI y XVII. Esta leyenda es muy conocida en la región brasilera de Pará. Mercedes Franco es una narradora venezolana especializada en la literatura fantástica. En esta ocasión nos presenta una leyenda brasilera. Entre los libros de Mercedes Franco encontramos Vuelven los Fantasmas, La Sayona y Criaturas Fantásticas.




LA CUMACANGA .- Narrado por la escritora Mercedes Franco

EL HACHADOR.

EL HACHADOR



    Chas, chas.. resuena el golpe del hacha en la espesura .. chas, chas ..fuerte y claro... no tienes nada que temer, el "Hachador" está lejos, puedes aprovechar para escapar, debes salir de la montaña lo más rápido que puedas...

    Pero si oyes el chasquido del hacha a lo lejos, débilmente...estás en peligro. Se acerca el espectro más terrorífico de los que pueblan las montañas de Falcón.

    Nadie podría imaginar que este espectro infernal no es más que el alma en pena de Andresito Castillo, un pobre leñador de la zona.

    A finales del siglo diecinueve, Andresito tenía una pequeña finca, por los lados de Caburé. Le decían Andresito por cariño, dada su pequeña estatura. Muy alegre y buena copa, tenía muchos amigos por los alrededores.

    Andresito era joven y a pesar de su poca estatura, se había hecho fuerte, curtido por el duro oficio de labrar la tierra.

    No solo vivía de las legumbres y hortalizas que cosechaba en su finquita, también vendía la madera de los árboles que cortaba con su hacha, en lo alto de la Sierra de Curimagua.

  Una vez a la semana subía con su caballo y sus cuerdas. Con su hacha poderosa cortaba uno, dos, tres, hasta seis árboles en un día. Al atardecer los amarraba y se los traía a remolque, confiado en la fuerza de su caballo Canelo.

  Su mujer, Gabriela, celebraba con grandes saltos de alegría su llegada. Aquellos troncos pronto se convertirían en útiles trozos de madera, que significaban un buen dinero para la familia.

     Sin embargo, la pareja despertaba algunas críticas en las beatas del pueblo. Vivían juntos sin la bendición del cura, lo cual les importaba bien poco, porque a decir verdad no creían en Dios ni en el diablo. Tampoco asistían a misa, y todo eso era muy mal visto en un pueblo de fines de siglo.

    Por eso cuando se encontraban con el cura en la plaza o en el mercado, recibían la consabida reprimenda.

    -Es que siempre estoy trabajando, Padre. - se disculpaba el muchacho.

    Se acercaba la Semana Santa y el Padre Hugo les pidió a Andresito y a Gabriela que asistieran a la iglesia a orar, aunque fuera el Domingo de Ramos.

     Así lo hicieron, y Gabriela se trajo su palma bendita, con la que elaboró varias cruces, para poner detrás de la puerta de entrada y en la habitación.

    -Quita eso, es cosa de viejas! No, chica, te pareces a mi abuela!

    -Pero Andresito, es por protección.

    -Y es que no te sientes protegida por mí? Yo seré chiquito, pero soy guapo y apoyado.

    -Ya sé....pero una protección extra no viene mal.

     Llegó el viernes santo. Día de la muerte de Cristo.

El pueblo estaba callado y solo  suaves oraciones llenaban el aire, mientras la imagen del Nazareno recorría las calles en procesión.

     En la finquita, Andrés con su amigo Atilio, entre tragos de cocuy*, disfrutaban de un cuajado de morrocoy*, hecho por la sin par Gabriela.

     -Este bicho no tenía casi carne, mujer. -se quejaba Andresito.

     -Verdad compadre, hubiera sido mejor hacerlo de cochino.

     -Que brutos son ustedes! En viernes Santo no se come carne! Mucho menos de cochino!

     -No sé, pero de cochino de monte*, tal vez sí. Compadre, allá arriba hay báquiros. Mañana sábado, vamos a ir a ver si traemos uno.

      -Mañana no, ahorita mismo.

      -Pero que dices? En Semana Santa no se caza, marido mío!

      Andrés tomó su escopeta y su sombrero y montó en su caballo.

     -Compadre! Que hace? Espere a mañana, mire que lo va a agarrar la noche por ahí!

    -Andresito, por favor!

      Gabriela corrió tras el, pero ya el caballo tomaba el camino de la sierra, espoleado por su jinete.

      Atilio se quedó durmiendo la borrachera en el sofá, mientras Gabriela pasaba las cuentas de su rosario.

     En lo intrincado de la serranía, Andresito vio pasar un enorme báquiro negro. Le disparó y el animal siguió corriendo, como si nada. El joven volvió a disparar, una y otra vez mientras perseguía al veloz báquiro. Y siguió persiguiéndolo.

     Abajo, en el pueblo, llegó la tarde y la noche y después la mañana.

      Y Andresito no volvió.

       Una partida de hombres buscó por toda la montaña.

       -Debe haberlo picado una culebra.

       -Quien sabe! Pero si mi compadre cayó en un aitón*, va a ser difícil encontrarlo.-dijo Atilio.

      A los tres días en la madrugada Gabriela sintió los golpes del hacha.

      -Es Andresito! -grito alegre

      Una lechuza blanca pasó en un vuelo flotante, frente a sus ojos.

      Con los pelos de punta, Gabriela rezó el Credo y se aferró a su cruz de palma bendita.

       Al otro día llamó a Atilio.

     -Compadre! Yo me voy a Cumarebo con mi mamá. Le pido que cuide la finca, hasta que Andresito vuelva.

      Andresito nunca volvió. Y a los pocos meses comenzó la gente a hablar del Hachador, el fantasma furioso de un leñador, que no puede escapar del monte.

 

     

      GLOSARIO

Cocuy: Licor que se obtiene de la hoja del agave.

Cuajado de morrocoy: Pastel preparado con carne de tortuga de tierra.

Aitón: Agujeros naturales de la Sierra de Falcón

Mercedes Franco

EL HOMBRE LOBO

EL HOMBRE LOBO



Lobisome en Brasil, Loup-garou en Haití, Were wolf en Jamaica.

Deambula por los rincones de la noche, y ataca en las noches de plenilunio. La persona que reciba un mordisco o un arañazo suyo, quedará inexorablemente convertido. Será igual que su atacante: Un hombre lobo!

Este ser de la noche pertenece al folclor europeo, pero la creencia en él está profundamente arraigada en América.

Se supone que debe ser el séptimo hijo de un séptimo hijo, y el mal puede ser hereditario. Se cree que el brillo de la plata tiene poder sobre ellos.

 La licantropía, según algunos expertos, es muy antigua. Algunos piensan que es solo una enfermedad mental.

El hombre lobo es amigo de la oscuridad y parece un ser humano común y corriente, pero.... En presencia de la luna llena cambia su forma humana por la de un lobo.

Un feroz carnicero, una fiera salvaje que vaga buscando víctimas.

Tan solo una bala de plata podría detenerlo.

Mercedes Franco

EL NOVENDÉ

EL NOVENDÉ



El duende que les presentamos hoy es el NOVENDÉ, que habita las montañas del altiplano andino, en Bolivia.

Este raro y pequeño hombrecito viste una ruana muy colorida, y usa un vistoso sombrero de paja, adornado con plumas de bellos matices, rojo, rosa, verde.

Así engalanado, se acerca en las noches a las pequeñas fincas de los campesinos, a pedir comida. Y a veces solo agua.

Si las personas lo reciben, la leche de vacas y ovejas se cortará, es decir se pondrá agria, y el maíz se pasma, dejará de crecer.

Conociendo estas características del Novendé, los campesinos tratan de ahuyentarlo.

La única forma de alejarlo es poner algo podrido cerca de la casa, ya que el Novendé detesta la suciedad y más aún lo podrido.

Mercedes Franco

 

LA SIERRA DE CURIMAGUA

LA SIERRA DE CURIMAGUA

Fotografía: Rosa Trujillo B


Cerca del pueblo de Caburé, se halla la mágica Sierra de CURIMAGUA, en nuestro estado Falcón. Existen muchas leyendas en torno a estos parajes, algunos inexplorados. En lo más alto de la Sierra se refugiaban los esclavos fugitivos y fundaban con el tiempo pequeños pueblitos, o quilombos. Estaban conscientes de que la muerte era el castigo que recibirían todos, de ser atrapados.

Uno de estos pueblos era Nueva Guinea, dónde los africanos sembraban y criaban aves de corral, confiados en la protección que les brindaba hallarse en lo más intrincado de la selva. Allí discurría un pequeño riachuelo, del cual tomaban el agua que necesitaban.

Un día la bella Cándida Rosa, se alejó siguiendo el curso del arroyo. Buscaba hierbas medicinales, que abundaban en la zona. Iba cantando y sin darse cuenta se alejó mucho del quilombo. Sin advertirlo, había bajado demasiado.

Cerca, cazaban dos hacendados cazaban y la vieron.

Cándida Rosa no gritó. Sabía que, si la escuchaba su gente, vendrían a ayudarla, y los matarían.

En silencio y entre terribles torturas esperó su muerte, jamás reveló la ubicación de su pueblo.

Han pasado varios siglos, y aún Cándida Rosa recorre la Sierra.

Aún hechiza con su encanto la selva, se pasea cantando y recogiendo hierbas, y la han visto muchas veces, en todos los riachuelos que cruzan la densa Sierra de Curimagua.

Mercedes Franco

EL ARREO

EL ARREO


Alguien tocaba con fuerza la puerta, de madera. Monótono, insistente, el golpe se repetía con intervalos de pocos segundos. Cuando doña Eliana abrió se dio cuenta de que era el caballo de su marido quien había estado golpeteando la puerta con el casco desde hacía rato. Atravesado sobre la montura, totalmente inerte, yacía Juan Ruiz. La mujer gritó, y su hermana corrió a auxiliarla. Entre las dos bajaron al hombre y lo acostaron en su cama. Una garua leve como la misma brisa lo empapaba todo.

En medio de su febril inconciencia, papá Juan deliraba a ratos: “Los burros...el arreo...se reían...”. Palabras incoherentes, nada podía deducirse de ellas.

Había salido el día anterior con su hombre de confianza y varios peones, llevando unas cuantas mulas cargadas con tabaco en rama y papelón. Y regresaba solo, exánime en su caballo, con aquella fiebre intensa y extraña que lo consumía, en un delirio inexplicable.

A mediodía fue que pudo llegar Don Marcos, el único boticario del lugar, quien lo estuvo examinando y recomendó compresas frías sobre la frente, y una toma de hojas de catuche para bajar la temperatura.

-Este hombre tuvo una visión. Sentenció antes de irse, cabizbajo.

Al atardecer fueron llegando los peones. Calixto Ramos, el capataz, se adelantó, dándole vueltas al sombrero de cogollo. Intentaba balbucear una disculpa:

-No pudimos hacer nada. Yo le advertí al patrón que no disparara.

-A los espantos no se les tira. Acotó el indio Alfonzo santiguándose, con los ojos desorbitados.

Con el rosario en la mano, doña Eliana no respondía, tibias lágrimas inundaban sus mansos ojos campesinos, mientras sus manos sobaban las deslucidas cuentas negras. Pero fue Magusta, la hermana más joven, la que quiso saber con detalles lo ocurrido. Y el capataz comenzó a hablar vacilante, aún asustado, después de haber apurado una taza de café caliente:

-Las mulas iban fresquecitas y nosotros tranquilos. Dejamos el pueblo y cogimos el camino del llano, íbamos ya acercándonos a aquella espesa mata de sabana, sin salirnos de la trocha abierta, y todo se veía clarito, porque había luna. De todas maneras, yo, que era el que iba adelante, llevaba mi farolito viajero más que todo por costumbre, porque como ya le digo, no había necesidad.

Ya entrados en la noche vimos venir a lo lejos un arreo grande. Como si brincara sólo entre las sombras, parpadeaba en la distancia el candilito de kerosén que traían. A veces casi se apagaba, porque venteaba fuerte.

El patrón ordenó que nos hiciéramos a un lado para hacerles espacio para que pasaran, porque, aunque la trocha es ancha nosotros íbamos por todo el medio. En ese momento nos dimos cuenta de que ellos se movían hacía el mismo lado que nosotros, como imitándonos.

A Papá Juan, le molestó un poco aquello, por parecerle guasa, pero no dijo nada.

Nos movimos hacía el lado opuesto y nuevamente hicieron ellos lo mismo, como burlándose.

Ahí sí el patrón les habló fuerte:

“Amigo, ¿cuál es la chercha?”

En ese momento supimos que el arreo era de burros, por un rebuzno largo y ronco que se oyó, a manera de respuesta. Estaban aún lejos, pero por el bulto notamos que eran muchos. No se distinguían las formas entre la hojarasca del mastranto y los chamizales crecidos, pero sí nos percatamos de que eran burros. Pero cosa curiosa, aquellos rebuznos parecían carcajadas. Largas risotadas burlonas, chanceras, que resonaban por la sabana vacía y me erizaban los pelos de la nuca. Se oyeron otros muchos rebuznos.

En ese momento supe que aquello era algo malo, porque arreció la ventolera, como amenazando aguacero y sentí escalofríos. Me encomendé a las ánimas benditas, convencido de que nos hallábamos en presencia del propio Satanás, y así se lo dije a papá Juancito. Me contestó con una pachotada, usted sabe cómo es él.

Me busqué en el pecho el escapulario de la Virgen del Carmen que siempre llevo al cuello y no lo encontré. Recordé que me lo había quitado un día antes, cuando me bañé en la poza de La Tigra. Ese escapulario estaba “rezado” por Don Roberto y era la “contra” y protección ante todo mal.

 El patrón sacó el revólver, furioso, como usted misma sabe, él siempre ha sido así, genioso, que yo lo conozco desde muchachito y sé que esa es su naturaleza, como también lo era de su difunto padre, el patroncito Don Juan Ruiz a quien Dios tenga a su diestra.

Pues Papá Juan nos ordenó apurar la marcha, para encararse con ellos. A medida que nos acercábamos a aquel extraño arreo, el aire se enrarecía, una súbita pestilencia nos mareaba y nos revolvía las tripas, un frío agudo y repentino se nos metía hasta los huesos.

La noche pareció detenerse, la luna se escondió tras unas nubes grandes y gruesas, no se veían las estrellas.

Me santigüé y comencé a rezar en voz baja. Cuando estuvimos como a unos cien pasos logré ver que el primero de la comitiva, el hombre que conducía el arreo, no tenía cabeza. Así como lo oye. ¡Sin cabeza! Tampoco tenía cabeza ninguno de los otros jinetes, que cabalgaban tras él, ni siquiera tenían cabeza los burros del arreo, que eran más de una docena y que seguían rebuznando y riéndose.

Como ya se veía que era cosa del mismo diablo, grité con toda la fuerza de mis pulmones:

“Ave María Purísima”.

Pero el patrón comenzó más bien a maldecir y a echarle tiros a aquello.

Le disparó al descabezado que iba delante del arreo y a todos los burros sin cabeza, que se carcajeaban cada vez con mayor fuerza.

Las mulas se nos fueron, huyeron en desbandada, se internaron en la espesura de aquella mata de sabana que de pronto parecía interminable, enloquecidas de espanto, escapando de los burros que las perseguían.

Lo último que vi fue que un espanto de aquellos, un hombre oscuro y sin cabeza, brincó a la grupa del caballo de papá Juan y lo agarró por la cintura, mientras él seguía disparando al aire.

El caballo del patrón echó a correr desgaritado, montarascal adentro, como arrebatado por el mismo Lucifer, y seguían estallando alrededor de nosotros los rebuznos o carcajadas de aquellos burros infernales.

Yo quise ir tras él, ayudarlo, pero una fuerza superior me inmovilizó. Mi caballo se alzó de manos, encabritado, y luego arrancó a todo galope, llevándome lejos. Yo no sabía a donde iba, solo pensaba en mi mujer y en mis hijos. Y así fue como, llegué hasta aquí, con el indio Alfonzo, el compai Chinto y Ramón Piamo. Sin darnos cuenta habíamos salido de aquella mata de sabana y llegamos a llano abierto. De allí pa’ lante no supimos qué más pasó, todo fue un temblor, hasta que empezó a asomarse el sol tras los chaparrales.

Calixto Ramos terminó su cuento y en eso entró Don Roberto, el Brujo de La Pica. Se quitó el peloeguama y entrecerrando los ojos azules dijo con su voz lenta y cadenciosa:

-Lo que vieron fue el Arreo de la sabana. Es un espanto que vaga errante por estos andurriales desde hace mucho, desde los tiempos del General Bermúdez, cuando los godos todavía mandaban en Venezuela. Dicen que es el alma atormentada de un hacendado de La Cruz de la Paloma, que mató a su hermano para robarle sus tierras y su fortuna. El que se topa con el arreo tiene que invocar a la Santísima Trinidad, esa es la contra. Pero no se le puede insultar, ni maldecir, mucho menos echarle plomo, porque el espanto “se le pega a la pata”, como le pasó al amigo.

Y dicen que no suelta a su víctima hasta que se lo lleva.

La blanca María Augusta encendió una vela blanca bajo el cuadrito de la Virgen del Carmen y se hincó a rezar por el cuñado. Al levantarse se santiguó y luego se alejó silenciosa por el corredor, arrastrando su larga falda de zaraza, hacia su aposento, mientras que Doña Eliana permanecía en vela, estáticos los grandes ojos negros, pasando las cuentas de su rosario junto al marido delirante.

Ya al calor de la mañana papá Juan se fue quedando dormido, mientras una lluvia triste caía sobre el campo verde, sin trinos de pájaros.

El texto que aquí se presenta, fue ganador del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (1999).

Mercedes Franco

Homenaje de los docentes tovareños a escritores venezolanos. Mercedes Franco

  FILVEN Mérida. Homenaje de los docentes tovareños a escritores  venezolanos. Mercedes Franco