Alguien
tocaba con fuerza la puerta, de madera. Monótono, insistente, el golpe se
repetía con intervalos de pocos segundos. Cuando doña Eliana abrió se dio
cuenta de que era el caballo de su marido quien había estado golpeteando la
puerta con el casco desde hacía rato. Atravesado sobre la montura, totalmente
inerte, yacía Juan Ruiz. La mujer gritó, y su hermana corrió a auxiliarla.
Entre las dos bajaron al hombre y lo acostaron en su cama. Una garua leve como
la misma brisa lo empapaba todo.
En
medio de su febril inconciencia, papá Juan deliraba a ratos: “Los burros...el
arreo...se reían...”. Palabras incoherentes, nada podía deducirse de ellas.
Había
salido el día anterior con su hombre de confianza y varios peones, llevando
unas cuantas mulas cargadas con tabaco en rama y papelón. Y regresaba solo,
exánime en su caballo, con aquella fiebre intensa y extraña que lo consumía, en
un delirio inexplicable.
A
mediodía fue que pudo llegar Don Marcos, el único boticario del lugar, quien lo
estuvo examinando y recomendó compresas frías sobre la frente, y una toma de
hojas de catuche para bajar la temperatura.
-Este
hombre tuvo una visión. Sentenció antes de irse, cabizbajo.
Al
atardecer fueron llegando los peones. Calixto Ramos, el capataz, se adelantó,
dándole vueltas al sombrero de cogollo. Intentaba balbucear una disculpa:
-No
pudimos hacer nada. Yo le advertí al patrón que no disparara.
-A
los espantos no se les tira. Acotó el indio Alfonzo santiguándose, con los ojos
desorbitados.
Con
el rosario en la mano, doña Eliana no respondía, tibias lágrimas inundaban sus
mansos ojos campesinos, mientras sus manos sobaban las deslucidas cuentas
negras. Pero fue Magusta, la hermana más joven, la que quiso saber con detalles
lo ocurrido. Y el capataz comenzó a hablar vacilante, aún asustado, después de
haber apurado una taza de café caliente:
-Las
mulas iban fresquecitas y nosotros tranquilos. Dejamos el pueblo y cogimos el
camino del llano, íbamos ya acercándonos a aquella espesa mata de sabana, sin
salirnos de la trocha abierta, y todo se veía clarito, porque había luna. De
todas maneras, yo, que era el que iba adelante, llevaba mi farolito viajero más
que todo por costumbre, porque como ya le digo, no había necesidad.
Ya
entrados en la noche vimos venir a lo lejos un arreo grande. Como si brincara
sólo entre las sombras, parpadeaba en la distancia el candilito de kerosén que
traían. A veces casi se apagaba, porque venteaba fuerte.
El
patrón ordenó que nos hiciéramos a un lado para hacerles espacio para que
pasaran, porque, aunque la trocha es ancha nosotros íbamos por todo el medio.
En ese momento nos dimos cuenta de que ellos se movían hacía el mismo lado que
nosotros, como imitándonos.
A
Papá Juan, le molestó un poco aquello, por parecerle guasa, pero no dijo nada.
Nos
movimos hacía el lado opuesto y nuevamente hicieron ellos lo mismo, como
burlándose.
Ahí
sí el patrón les habló fuerte:
“Amigo,
¿cuál es la chercha?”
En
ese momento supimos que el arreo era de burros, por un rebuzno largo y ronco
que se oyó, a manera de respuesta. Estaban aún lejos, pero por el bulto notamos
que eran muchos. No se distinguían las formas entre la hojarasca del mastranto
y los chamizales crecidos, pero sí nos percatamos de que eran burros. Pero cosa
curiosa, aquellos rebuznos parecían carcajadas. Largas risotadas burlonas,
chanceras, que resonaban por la sabana vacía y me erizaban los pelos de la
nuca. Se oyeron otros muchos rebuznos.
En
ese momento supe que aquello era algo malo, porque arreció la ventolera, como
amenazando aguacero y sentí escalofríos. Me encomendé a las ánimas benditas,
convencido de que nos hallábamos en presencia del propio Satanás, y así se lo
dije a papá Juancito. Me contestó con una pachotada, usted sabe cómo es él.
Me
busqué en el pecho el escapulario de la Virgen del Carmen que siempre llevo al
cuello y no lo encontré. Recordé que me lo había quitado un día antes, cuando
me bañé en la poza de La Tigra. Ese escapulario estaba “rezado” por Don Roberto
y era la “contra” y protección ante todo mal.
El patrón sacó el revólver, furioso, como
usted misma sabe, él siempre ha sido así, genioso, que yo lo conozco desde
muchachito y sé que esa es su naturaleza, como también lo era de su difunto
padre, el patroncito Don Juan Ruiz a quien Dios tenga a su diestra.
Pues
Papá Juan nos ordenó apurar la marcha, para encararse con ellos. A medida que
nos acercábamos a aquel extraño arreo, el aire se enrarecía, una súbita
pestilencia nos mareaba y nos revolvía las tripas, un frío agudo y repentino se
nos metía hasta los huesos.
La
noche pareció detenerse, la luna se escondió tras unas nubes grandes y gruesas,
no se veían las estrellas.
Me
santigüé y comencé a rezar en voz baja. Cuando estuvimos como a unos cien pasos
logré ver que el primero de la comitiva, el hombre que conducía el arreo, no tenía
cabeza. Así como lo oye. ¡Sin cabeza! Tampoco tenía cabeza ninguno de los otros
jinetes, que cabalgaban tras él, ni siquiera tenían cabeza los burros del
arreo, que eran más de una docena y que seguían rebuznando y riéndose.
Como
ya se veía que era cosa del mismo diablo, grité con toda la fuerza de mis
pulmones:
“Ave
María Purísima”.
Pero
el patrón comenzó más bien a maldecir y a echarle tiros a aquello.
Le
disparó al descabezado que iba delante del arreo y a todos los burros sin
cabeza, que se carcajeaban cada vez con mayor fuerza.
Las
mulas se nos fueron, huyeron en desbandada, se internaron en la espesura de
aquella mata de sabana que de pronto parecía interminable, enloquecidas de
espanto, escapando de los burros que las perseguían.
Lo
último que vi fue que un espanto de aquellos, un hombre oscuro y sin cabeza,
brincó a la grupa del caballo de papá Juan y lo agarró por la cintura, mientras
él seguía disparando al aire.
El
caballo del patrón echó a correr desgaritado, montarascal adentro, como
arrebatado por el mismo Lucifer, y seguían estallando alrededor de nosotros los
rebuznos o carcajadas de aquellos burros infernales.
Yo
quise ir tras él, ayudarlo, pero una fuerza superior me inmovilizó. Mi caballo
se alzó de manos, encabritado, y luego arrancó a todo galope, llevándome lejos.
Yo no sabía a donde iba, solo pensaba en mi mujer y en mis hijos. Y así fue
como, llegué hasta aquí, con el indio Alfonzo, el compai Chinto y Ramón Piamo.
Sin darnos cuenta habíamos salido de aquella mata de sabana y llegamos a llano
abierto. De allí pa’ lante no supimos qué más pasó, todo fue un temblor, hasta
que empezó a asomarse el sol tras los chaparrales.
Calixto
Ramos terminó su cuento y en eso entró Don Roberto, el Brujo de La Pica. Se
quitó el peloeguama y entrecerrando los ojos azules dijo con su voz lenta y
cadenciosa:
-Lo
que vieron fue el Arreo de la sabana. Es un espanto que vaga errante por estos
andurriales desde hace mucho, desde los tiempos del General Bermúdez, cuando
los godos todavía mandaban en Venezuela. Dicen que es el alma atormentada de un
hacendado de La Cruz de la Paloma, que mató a su hermano para robarle sus
tierras y su fortuna. El que se topa con el arreo tiene que invocar a la
Santísima Trinidad, esa es la contra. Pero no se le puede insultar, ni
maldecir, mucho menos echarle plomo, porque el espanto “se le pega a la pata”,
como le pasó al amigo.
Y
dicen que no suelta a su víctima hasta que se lo lleva.
La
blanca María Augusta encendió una vela blanca bajo el cuadrito de la Virgen del
Carmen y se hincó a rezar por el cuñado. Al levantarse se santiguó y luego se
alejó silenciosa por el corredor, arrastrando su larga falda de zaraza, hacia
su aposento, mientras que Doña Eliana permanecía en vela, estáticos los grandes
ojos negros, pasando las cuentas de su rosario junto al marido delirante.
Ya
al calor de la mañana papá Juan se fue quedando dormido, mientras una lluvia
triste caía sobre el campo verde, sin trinos de pájaros.
El
texto que aquí se presenta, fue ganador del Concurso Nacional de Cuentos y
Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas
Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (1999).
Mercedes
Franco