LA CONDESA BRUJA
Con este raro sobrenombre se conoció en Caracas a la bella condesa de Antúnez. Su esposo en realidad nunca supo mucho de ella, ni de dónde procedía, ni cuál era su verdadero nombre.
Un día la vio recogiendo flores cerca de la Quebrada de Catuche y encandilado, según sus propias palabras, ante tanta blancura y tanta belleza, la llevó a su mansión y se casó con ella.
La doncella decía haber perdido la memoria y no recordar su nombre, así que el conde la llamó Bella. Y fue en verdad muy feliz con aquella muchacha.
La nueva condesa se acostumbró muy pronto al lujo, a las cenas de gala y a los teatros.
Eran los comienzos del siglo dieciocho, y Caracas poseía muchos bosques, y un río cristalino donde las parejas iban a pasear y a bañarse en verano. También había teatros, comercios y salones de baile. Los caraqueños trabajaban duro, pero tenían tiempo para recrearse y disfrutar
Una vez Bella fue a un baile y quedó fascinada. Música, luces, hermosas damas, alegres danzantes...todo un ambiente cautivador, que ella disfrutó al máximo. Y destacó por su belleza y el tono nacarado de su piel.
Emocionada, le propuso al conde dar una fiesta en su mansión, pero el marido, un hombre ya maduro, se rehusaba elegantemente, con diversas excusas y pretextos. La condesita estaba contrariada. A menudo rechazaba con un gesto de enfado las hermosas joyas que le traía su esposo. Ansiaba bailar y divertirse!
Por eso, a muchos no les resultaba difícil creer lo que decían las malas lenguas en Caracas. Y la mía que no es muy buena, porque lo repite.
Que decían?
Que cada sábado, pasada la medianoche, la joven condesa, acostada junto a su esposo, abría su boca y dejaba salir un enorme cigarrón negro, el cual escapaba por la ventana y se perdía en la noche caraqueña.
Que en realidad Bella era una bruja. Y que eso que recogía cuando el conde la conoció no eran flores, sino hierbas mágicas.
Que su alma volaba libremente por las noches, y antes del amanecer regresaba, se metía por la ventana, y luego entraba de nuevo por la boca abierta de su dueña.
Y que al día siguiente la condesa bruja recordaba con deleite todo lo que había visto y sentido durante la noche. Porque las criadas contaban que sonreía como para sí misma
Tal vez sonreía recordando cómo había bailado hasta el cansancio la noche anterior. Como cada noche revoloteaba por ahí buscando algún lugar donde hubiese música. Entonces, recobrando su aspecto humano, entraba en las fiestas usando un antifaz, para que no la reconocieran.
Después de varias horas de intensa diversión, salía hacia su casa, pero ya en los jardines, antes de irse, se convertía de nuevo en cigarrón y entraba en los aposentos, dónde dicen que gozaba picando a los durmientes. Luego aprovechaba y se iba a las caballerizas, para asustar a los caballos, que se agitaban al ver ese enorme cigarrón zumbando por ahí. Si no....por qué se alborotaría un caballo en la madrugada?
Parece ser que todo eso le funcionaba de maravilla, hasta que en una de esas fiestas, la condesa enmascarada conoció a Alonso de la Rosa.
Estaba acostumbrada al asedio de los hombres, pero jamás había sucumbido ante sus encantos y galanteos, porque era experta en detectar la falsedad.
Esta vez era diferente. Alonso era sincero. Estaba loco de amor por aquella enmascarada. Intuía una pasión de otro mundo en aquellos hermosos ojos, tan verdes como las montañas que rodeaban a Caracas. Bella bailó con él y escuchó encantada sus juramentos de amor. Al rato fueron al jardín, lleno de aromas de rosas y jazmines. Allí Bella se dejó convencer y después de un largo beso ... se quitó el antifaz!
Lo que ninguno de los dos había notado, era que otra pareja se acariciaba entre los arbustos del jardín, y al verla gritaron al unísono:
-Es la condesa!
-Sí, la condesa Antúnez!
Alonso se quedó mudo, dominado por la hipnótica mirada de aquellos ojos color de montaña.
Por eso no vio nada, cuando gritaban que Bella estaba asumiendo la forma
de un enorme cigarrón, para huir de allí a toda prisa.
Cuentan que entró en su cuerpo dormido antes del alba. Y como siempre, su esposo nada sospechó.
Pero al otro día la ciudad hervía a todo vapor con el chisme:
-Sí, dicen que era ella.
-La condesa sin el conde! Qué horror!
-A quien se refieren?
-A la condesa Antúnez! Estaba en el jardín de los Nadal, con el joven de la Rosa...
-Baja la voz, y no sigas con eso, que tú no los viste.
-Y lo más horrible es que después se convirtió en un cigarrón y escapó volando!
-Que locuras dices?
-No, no lo digo yo. Pero según eso, es una bruja.
-Mariana! Cómo afirmas algo semejante?
-Según...
El domingo en misa todo el mundo la miraba. Pero Bella lucia muy serena, más hermosa y radiante que nunca, prendida del brazo de su flamante esposo.
-Que descarada!
-Quien?
-La cigarrona.
-Shhhh....
Alonso se desesperaba buscando aquella mirada verde montaña. Pero Bella solo miraba al Santísimo Sacramento.
Nunca más vieron a aquella enmascarada en las fiestas caraqueñas. Ni al conde Antúnez, hasta los criados se fueron y la mansión quedó sola.
La versión oficial fue que los condes se marcharon a España, porque sus negocios los reclamaban en Madrid.
En cambio, las malas lenguas contaban que, en una de sus correrías
nocturnas para encontrarse con su enamorado, a la condesa bruja se le hizo
tarde, y fue sorprendida por la luz del sol, por lo cual se quedó convertida en
cigarrón para siempre. Y aún recorre las noches caraqueñas, buscando el dulce
sonido de la música.
Mercedes Franco

